
Este artículo redactado por mi en Abc el domingo 7 de octubre de 1979. Si pudiera retroceder en el tiempo, lo borraría. La madurez solo aparece transcurrido los años.
A mis 74 años, con la mente clara y la mirada templada que solo dan las décadas, me he sentado a leer las crónicas que escribía cuando apenas tenía 27.
Hoy debo confesar un error de juventud que el tiempo se encargó de refutar con datos y realidades: mi visión sobre la migración de agricultores brasileños a Paraguay.
Cegado por un patriotismo malentendido y los abusos pasionales propios de la inexperiencia frente al teclado, fui incapaz de ver lo que hoy es una verdad innegable.
Cuarenta años después, aquellos colonos a los que miré con desconfianza levantaron la producción granera de nuestro país.

Esto fue verdad, luego el gobierno paraguayo expropió esas tierras y se puso a buscar, denodadamente, agricultores que deseen colonizarlas. Los campesinos paraguayos fueron los primeros en ser invitados a trabajar aquella selva.
Este artículo no es un lamento, sino la autocrítica necesaria de un periodista veterano que hoy prefiere la verdad histórica por encima de sus viejas y apasionadas equivocaciones juveniles.
En 1979, el maestro Alcibíades González Delvalle me eligió para acompañarlo durante quince días por la frontera paraguaya-brasileña, un viaje destinado a escribir una serie de reportajes sobre aquella realidad indómita donde la selva aún lo dominaba todo.
Los recortes del artículo original que ilustran esta nota son el testimonio visual de aquella época. Aunque el maestro firmó la serie, el texto adjunto lo escribí yo, y asumo hoy, desde las páginas de 24/7, la total responsabilidad de su contenido, liberándolo a él de cualquier juicio.

Escribí de buena fe, pensé que la dictadura daba preferencia a los brasileños por sobre los campesinos paraguayos. El tiempo demostraría que a los compatriotas no les interesaba internarse en el monte, derribar árboles y sembrar en la tierra nueva. Me equivoqué.
Visto a la distancia, reconozco que me equivoqué de aquí a la luna en mis juveniles percepciones de entonces.
Mi nacionalismo de la época me hacía desear fervientemente que fuesen paraguayos, y no brasileños, quienes ocuparan y dominaran aquellos montes.
El tiempo, sin embargo, me daría una lección de realismo socioeconómico: aprendería después que los agricultores paraguayos de ese entonces rechazaban el extremo sacrificio que implicaba abrirse paso en la selva densa.
El Instituto de Bienestar Rural (IBR) intentó hasta el cansancio colonizar esas tierras con compatriotas, pero no funcionó.
Fueron los agricultores brasileños quienes finalmente ocuparon, sufrieron y trabajaron ese suelo. Hoy, el Paraguay acusa recibo de ese proceso histórico: aquella selva se transformó en un motor productivo y el país creció muchísimo gracias a ello. Lo que mi juventud vio como una invasión, el tiempo lo transformó en desarrollo.