El juego es hacer el ridículo y el que se avergüenza pierde ¿es inocente? No. Busca anular el pudor haciendo ante multitudes gestos payacescos, insólitos, sin sonrojarse. Apunta a crear una juventud sin recato, sin autoestima.
«Farmear aura» es tener valentía, no para una gestión positiva como limpiar los lechos de arroyos como se recomienda en vísperas de lluvias torrenciales -hay jóvenes valiosos haciéndolo- o reunirse para ir a cantar al asilo de ancianos. En otras palabras no se orienta a formar comunidad de jóvenes con valores, preparados para toda buena obra.
Y podrán decir: «Pero también tienen horas para divertirse y hay que respetar sus gustos». Sí, es cierto, solo que si yo veo que practican deportes, competencias de voley, basquet, futbol, eso es sano moral y físicamente en un tiempo en el que está creciendo el índice de obesidad entre los jóvenes. En nuestro tiempo de juventud, la obesidad juvenil era rara.
En estos días le preguntaron a un muchacho mexicano cual es el propósito de «farmear aura» y respondió que «son los mismos therian (jóvenes que se consideran animales) haciendo la danza de apareamiento». Tal vez lo haya dicho como un comentario crítico sin fundamento, pero si nos ponemos a atar cabos sueltos, invariablemente llegamos a conclusiones que nos acercan a un cuadro preocupante.
Los manuales del comportamiento humano nos indican que la vergüenza en realidad está en nuestro ADN como mecanismo emocional y social fundamental que nos ayuda a regular la conducta para poder vivir en armonía con los principios y valores de una sociedad. La vergüenza contribuye a cuidar nuestro relacionamiento con los demás, sin romper las normas básicas de convivencia.
Entonces ¿Qué acontece cuando se pierde la vergüenza que es el propósito de «farmear aura»? Sencillo, desaparecen los marcos de comportamiento normal, se rompen los frenos morales, desaparecen aquellos límites que avisan que se han quebrantado las reglas y se altera la convivencia con los demás.
Un ejemplo: Hoy muchas jóvenes que se embarazan y tienen vergüenza de contarles a sus padres, se avergüenzan de la situación que las envuelve porque han trasgredido normas.
¿Qué pasa cuando desaparece la vergüenza? Se desencadena una serie de «efectos dominó» y el egoísmo reemplaza al bien común. Ir a la abortera no avergüenza, ya no importa la obediencia a los padres. El deleite, el bienestar propio valen más que el respeto al prójimo, el respeto a la integridad, a la vida. Hay un rechazo popular al marco normativo de la sociedad y se instala la indisciplina sin ningún remordimiento. No hay pudor, no hay respeto.
Sobreviene una subcultura de la muerte, un estado de violencia que el apóstol Pablo profetizó 2 mil años atrás cuando describió el mundo desvergonzado que íbamos a vivir y que está en la segunda carta a su discípulo Timoteo capítulo 3, versos 1 al 5:
«También debes saber esto: que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos. Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, sin afecto natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno, traidores, impetuosos, infatuados, amadores de los deleites más que de Dios, que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella; a estos evita».
Este párrafo bíblico describe claramente el amargo fruto de la pérdida de vergüenza.