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Cultura

El gladiador del barro, el Fusca que colonizó la selva paraguaya

Pasó casi medio siglo. El sur altoparanaense empezaba a recibir a los agricultores inmigrantes y el Fusca fue el compañero fiel de algunos pioneros.

Dos colonos junto a un Volkswagen Escarabajo en una chacra recién desmontada del Alto Paraná
El Fusca fue el compañero fiel de los pioneros que abrieron la selva altoparanaense.

Pasó casi medio siglo, el sur altoparanaense empezaba a recibir a los agricultores inmigrantes. El Fusca fue el compañero fiel de algunos pioneros. La agricultura paraguaya también se debe al guapo coche de origen alemán.

Hubo un tiempo en que el este de Paraguay no era un mar de soja, sino una selva impenetrable de árboles gigantes y promesas por descubrir. En los años setenta, durante la colonización de la margen derecha del Paraná, los pioneros no solo necesitaron hachas y bueyes para abrirse paso entre el monte; necesitaron un aliado mecánico.

Para sorpresa de la historia, ese aliado no fue un enorme camión con tracción integral, sino un vehículo pequeño, ruidoso y entrañable: el Volkswagen Escarabajo, rebautizado para siempre por el afecto popular como “Fusca” o “Fusquinha” y, desde luego, “Escarabajo” y “Escarabajito”.

En las tierras coloradas del Alto Paraná y Canindeyú, el Fusca se convirtió en el coche de la gente de trabajo.

Mientras los lujosos automóviles de la época quedaban atrapados en los grandes raudales urbanos o en los colchones de barro de los caminos rurales, el Fusca seguía adelante.

Con su motor trasero que le daba una tracción envidiable y su piso plano que patinaba sobre el lodo como un trineo, desafiaba las leyes de la física y de la lógica vial.

Lo que pocos recuerdan es que el Fusca no se quedaba esperando en la entrada de la propiedad. Entraba a la chacra. Ni bien los hacheros derribaban los árboles y despejaban el suelo para las primeras siembras, el Fusquinha ya rodaba entre los troncos quemados y las raíces expuestas.

Se usaba para transportar bolsas de semillas, herramientas de labranza y hasta los primeros frutos de la cosecha. En una época de carencias, suplió la falta de tractores y camionetas, ganándose el título del gladiador del barro.

Fue, sin dudas, el gran compañero de los paraguayos de menores recursos. Un auto noble que no exigía lujos, que se arreglaba con un trozo de alambre y cuyo rugido característico anunciaba el progreso en medio de la nada.

Hoy, al mirar las viejas fotografías de aquellos agricultores sonrientes junto a su Fusca en plena tarea agrícola, entendemos que la conquista de la tierra no solo fue una hazaña de hombres y mujeres valientes, sino también de una pequeña máquina con alma de gigante.

Redacción 24/7
Redacción
Equipo de redacción del diario digital 24/7, Asunción, Paraguay.