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Cultura

En el feudo del creador, la biblioteca de Carlos Alfaro

A los 70 años de Indega: el refugio de libros donde el fundador leía a Balzac, Cervantes y Maupassant, y reflexionaba sobre la educación paraguaya.

A LOS 70 AÑOS DE INDEGA

Efraín Martínez Cuevas, escritor y periodista
Efraín Martínez Cuevas, autor de la nota.

Efraín Martínez Cuevas (*)

Retrato de Carlos Alfaro Sanguiuolo
Carlos Alfaro Sanguiuolo

“Yo que me figuraba el paraíso bajo la especie de una biblioteca”, escribió Jorge Luis Borges. Al ingresar por primera vez a la de Carlos Alfaro, por ese aire de intelectualidad que se respira ahí, me supuse que también él pensaba igual que Borges. Aquella vez, ya no recuerdo cuándo, me dijo que ahí era su refugio en los días en que no concurría a la oficina.

La biblioteca ubicó con Myrna, su esposa, en la planta alta de la residencia, donde residieron por más de 40 años. Un lugar amplio, al menos de seis por cuatro metros, bien iluminado y aireado. En su biblioteca reinaba el monacal silencio. Exhalaba a flores frescas y a libros antiguos, a rosal y sabiduría.

Allí, su escritorio, fabricado de noble madera y ubicado cerca de una ventana por donde ingresaba el torrente de luz del día, constituía su consagrado espacio donde discurría en sus ideas a las que daba forma de modo a ejecutarla con diligencia en el momento adecuado.

Sé que le gustaba estampar sus reflexiones en el papel o en una novedosa mini grabadora siempre a su alcance. Me imagino que sus inspiraciones se tornaban incandescentes en ese cuarto de libros ordenadamente dispuestos en los anchos y altos anaqueles junto a las cuatro paredes donde se nota la colección completa de treinta volúmenes de las obras de Balzac, en una parte; la de Maupassant, en otra.

Seguía leyendo con notable avidez las obras de Miguel de Cervantes. El Quijote era uno de sus libros favoritos. También otros autores españoles y algunos connotados latinoamericanos. Era un consumado lector.

Camilo José Cela, Victorino Abente y Lagos, Homero, Fray Luis de León, Voltaire, María Concepción Leyes de Chávez, Arturo Pérez-Reverte, León Tolstoi, José Saramago, Augusto Roa Bastos entre otros cientos de autores desfilan en los anaqueles que no dejan ver las cuatro paredes de aquella sala, el templo exclusivo de sus libros, sin otros objetos, solo libros; ni estatuíllas de Venus, Minerva, Thot ni de Salomón ni bustos de famosos intelectuales ni pinturas ni fotos. El reinado de sus libros que atesoró durante toda su vida. Libros muy antiguos y actuales.

En una de las paredes, eso sí, un enorme mapamundi, le gustaba la geografía y señalar los lugares a los que se refería en sus conversaciones con Myrna sobre, por decir, Afganistán, Rusia o la extensa China en ese espacio de ciencia, saber, de pura ilustración.

Le gustaba reflexionar e indagar en la conducta del hombre, en los alcances de la ciencia, en el bienestar de las sociedades latinoamericanas. También en los asuntos académicos de la lengua española. Decía: “para que sean útiles, las palabras deben ser compartidas por la comunidad de hablantes y deben ser precisas”. En cuanto al enemigo del idioma fue conciso: “La pobreza y la ignorancia”.

Cuando se instaló su empresa en Fernando de la Mora lo visité unas cuantas veces. En una de esas visitas, a principios del nuevo milenio, consideraba que no son las nuevas tecnologías las que entorpecían al conocimiento sino la pobreza y la ignorancia.

Pese a su carácter conservador me dejaba saber que alguna vez escribiría sobre su vida, de cómo hizo su empresa, sobre la sociedad toda, de cómo ser mejor país. Tenía una computadora en su escritorio en la biblioteca de la residencia, a través de la que se enteraba de todo cuanto le interesaba. Y de vez en vez, escribía.

Tengo en la memoria cuanto dijo en la biblioteca sobre la instrucción pública universal; que fue inventada por la Revolución Francesa. En este sentido su opinión era clara y firme: “una sociedad democrática necesita ciudadanos formados con capacidad de decisión y elección”.

Su biblioteca, me daba la impresión, era su territorio a donde ingresaba para escapar de ciertas contaminaciones de orden social y político. Le impacientaba la tendencia con el sistema educativo aplicado en Paraguay en tiempos democráticos que abandona saberes fundamentales. “La desaparición del humanitarismo, eso que hace a la sensibilidad y al altruismo, es algo tremendamente dañino. Los saberes tradicionales deben ser rescatados”, me dijo alguna vez y que no olvido.

Añadió en aquella ocasión que si una nación es próspera, se tiene buenas escuelas, buenos editoriales y buenas bibliotecas públicas que permiten ciudadanos más buenos, y; con estos, menos hostilidad de los necios, germinados en el útero de la ignorancia.

Al ser privilegiado a visitar su biblioteca yo también digo como Borges que si el cielo existiera debe ser como una biblioteca, como la del doctor Alfaro, tal vez…


(1) Del libro “Carlos Alfaro, el devoto de la literatura francesa”, EMC, El Foro, Asunción, 2025.
(*) Escritor y periodista.

Efraín Martínez Cuevas
Escritor y periodista
Escritor y periodista. Autor de «Carlos Alfaro, el devoto de la literatura francesa» (El Foro, Asunción, 2025).