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Pueblos

EL MONUMENTAL AGUAÍ DE YEGROS

A la sombra de este aguaí, el pueblo de Yegros fue creado a más de un siglo atrás por inmigrantes llegados en tren, ¿qué es el aguaí?

 

Hay árboles que no pertenecen a la tierra, sino que la fundan. No son mera vegetación; son el eje vertical donde el tiempo humano y el misterio de la naturaleza pactan una alianza eterna.

En el departamento de Caazapá, allí donde el paisaje se vuelve un rumor de frondas y humedad fecunda, se yergue un monumento vivo: el Aguaí de Fulgencio Yegros.

Su nombre común camina descalzo desde el guaraní original, aguá-y, deletreando el milagro de lo «achatado y pequeño», pero su sombra cobija una de las epopeyas de convivencia más hermosas de la América del Sur.

Aquel 17 de diciembre de 1891, el tiempo contuvo el aliento.

Bajo la cúpula umbrosa de este rústico coloso, ubicado hacia el oriente de la vieja estación del ferrocarril, se dieron cita las voces del suelo patrio y los acentos extranjeros de colonos venidos de trece naciones distintas.

Trece patrias distantes que allí, bajo el verdor perenne del follaje, desataron sus petates, sembraron sus nostalgias y comulgaron en un solo propósito.

El crisol de razas no comenzó en los papeles de un decreto; comenzó en la savia de aquel árbol hospitalario, cuyo ramaje amparó la heterogeneidad de lenguas que el tiempo y el amor de los hijos volvieron una sola estirpe homogénea: el alma yegreña.

El Aguaí (Chrysophyllum gonocarpum) conoce bien el secreto de la selva.

Heredero de las umbrías húmedas que corren desde el norte argentino hasta el sur brasileño, pasando por Bolivia y Uruguay, en los campos abiertos de Yegros estira sus brazos hasta alcanzar los quince metros de altura, coronado por una copa densa y redondeada, de un verde tan intenso que parece robarle la luz al mismísimo sol de la tarde.

Es un centenario que ha traspasado el umbral del siglo con la dignidad de las cosas sagradas, un monumento natural que, al cargarse con el peso bienaventurado de la historia, ha ascendido al altar de los árboles monumentales.

La comunidad lo sabe y venera su permanencia. Declarado patrimonio municipal comunitario, hoy el viejo habitante no está solo. A su alrededor se ha edificado una pequeña plaza donde el viento paraguayo juega de continuo con las banderas desplegadas de aquellos primeros contingentes colonizadores, mientras las placas de bronce le rinden el tributo de la gratitud pública.

Su estirpe, además, se derrama como una bienvenida perenne: en un gesto de amor forestal, los integrantes de AYESO sembraron sus hijos a lo largo de un pasillo verde de unos dos kilómetros sobre la Ruta 8, flanqueando el acceso al pueblo con plantines de Aguaí y frutales nativos que reciben y despiden al viajero con un saludo de hojas.

Como todo lo santo, el árbol ha conocido el martirio y la resurrección.

Los anales del pueblo guardan el trago amargo de aquel año en que la insensatez de unos operarios de la ANDE, escudados en la modernidad de un tendido eléctrico, infligieron una agresión brutal al coloso con una poda implacable.

Sangró la resina de látex por sus heridas y el pueblo tembló por su vida.

Pero el clamor de los hijos de Yegros residentes en la capital civilizó el agravio: acudieron especialistas, ingenieros del alma verde que mitigaron el daño, condujeron con manos sabias la poda de formación y velaron su convalecencia.

Hoy, el aguaí se muestra enteramente recuperado, como si las cicatrices en su corteza fueran solo arrugas de una vieja victoria sobre la adversidad.

El fruto del Aguaí es fiel reflejo de la vida en la llanura: una baya carnosa, dorada o anaranjada en la madurez, que esconde de una a cinco semillas con las que las manos artesanas tejen cuentas para collares y sonajeros que cantan al andar.

No es fruta que se entregue fácil al descuido; su látex silvestre exige el rito del hervor antes de revelar su pulpa jugosa, agridulce y noble, ideal para los dulces en almíbar, las mermeladas y confites que endulzan las siestas caazapeñas.

Es, además, botica del pobre y remedio del sabio: en sus hojas, cortezas y jugos habita el alivio para el reumatismo, la conjuntivitis, las llagas de la piel y las úlceras del estómago. Solo las plantas femeninas, tras cinco o seis años de paciente espera primaveral, regalan este milagro escalonado.

En el año 2024, la nación entera se inclinó ante su presencia. El certamen anual Colosos de la Tierra, organizado por la organización A Todo Pulmón Paraguay Respira, consagró al Aguaí de Yegros como el indiscutible ganador en la categoría «Árbol de mi Comunidad». No fue un premio a la altura geométrica de su fuste, sino al tamaño colosal de su significado en el pecho de los habitantes del pueblo de las diagonales.

Allí sigue, rozando el cielo con sus hojas lustrosas, custodiando el crisol donde las sangres del mundo se volvieron tierra paraguaya. El Aguaí de Yegros no es solo un árbol: es la raíz viva de nuestra propia historia.