La democracia paraguaya enfrenta un grave problema que se llama corporativismo. Los sectores poderosos se erigen en la prioridad de las decisiones políticas por su mayor capacidad de presionar, marginando sectores débiles.
La democracia se define como un sistema político y de organización del Estado en el que la soberanía y el poder de decisión residen en el pueblo. Hoy ese panorama va cambiando aceleradamente debido a que las fuerzas de presión apuntan a que las decisiones no residan en el pueblo sino en los grupos de poder que priorizan sus intereses.
Que 20 enfermos de cáncer con sus seres queridos sosteniendo los tubos de quimio reclamen derechos en las veredas del hospital, no tienen la misma fuerza de gremios y grupos empresariales con equipos de abogados que hacen “lobby” en las instancias de gobierno para exigir decisiones favorables a sus intereses.
No quiere decir que los cancerosos carezcan de importancia. Se ha visto en países europeos que cuando los gobiernos debieron asignar más recursos para atender el cuidado de la salud, decidieron en favor de grupos lgbt+ que reclamaban costosos medicamentos para el HIV e incluso para la provisión de hormonas a los transexuales.
¿Es deber del Estado proveerles hormonas a los homosexuales? El punto es que están organizados como grupos de presión y los enfermos de cáncer no y entonces sus dolorosos tumores importan menos. Las sociedades se encuentran ante un escenario que distorsiona el cuadro de prioridades.
Un gobierno puede tener clara la película de los sectores a los cuales asignar mayores recursos pero el sistema corporativo de grupos empresariales y gremios, ejerce una acción de fuerza y crea una crisis artificial, un incendio y el gobierno debe acudir a apagarlo reorientando el gasto público..
Es decir, hay sectores que están organizados para echar leña al fuego que organizan a fin de crear “dramas sociales” por ejemplo de profesionales que ganan 5 millones de guaraníes mensuales por 12 horas semanales, como si se estuvieran muriendo de hambre.
En otros países los gobiernos fortalecieron sus estructuras para ejercer un contrapoder, una contrapresión y defender sus agendas. Hoy se comenta que durante el gobierno anterior se optó por parar las campañas de la prensa, asignando exhorbitantes montos del presupuesto público a la propaganda del Estado.
Entonces, los medios embolsaron dinero fresco que en realidad parecía más un soborno a la prensa como pago de publicidad innecesaria. El perjuicio era para sectores débiles que necesitaban ese presupuesto mal utilizado para cubrir su cuidado médico. Y las personas con tumores difícilmente puedan armar un grupo de poder. No tienen posibilidades en el esquema que caracteriza a nuestra democracia que se va convirtiendo en gremiocracia.
Enfrentar esa distorsión del sistema exige un discurso firme y una actitud coherente de parte de quienes deben parar sus apetencias. Los individuos tienen escasa posibilidad de hacer valer sus derechos frente en este contexto pues se ve pisoteado por los fuertes.
Y al final surge la pregunta que nos debe preocupar: Si las corporaciones se van imponiendo en nuestra democracia ¿Es mejor asociarnos a un partido político para pelear por mejores días para nuestras vidas o es más eficiente orientarnos a formar corporaciones para lograr mejores objetivos?
Estamos volviendo a las cavernas donde primaba el que tenía la fuerza de cargar con el garrote más grande. Que quede claro, el gobierno tiene la exclusiva potestad legal de usar la fuerza.
Nadie más.