Necesitamos vivir la vida con gozo, con esperanza y con entusiasmo en todo lo que hagamos, sin ese exceso de preocupación que hoy nos produce estrés crónico, nos resta paz y bloquea esperanzas.
Hay un dicho que dice: “los que comienzan almorzando en el trabajo, terminan cenando en la farmacia”. La juventud de hoy está recogiendo mucha ansiedad en su cotidianeidad y vive un estado de insatisfacción. Se alimenta mal en los patios de comida donde el interés de los bares no apunta a la salud de la gente sino al lucro. Aumenta la gente con obesidad y estrés.
Pertenezco a una generación que al mediodía retornaba del trabajo a casa para almorzar comida hogareña. Luego de una breve siesta, retornaba al trabajo a completar la jornada. Esto ha cambiado porque la ciudad creció, el sistema de transporte se complicó y además, la gente vive cada vez más lejos del trabajo.
Se vive con mucho afán por prosperar y con mucha ansiedad por los compromisos del estudio luego del trabajo, las crisis relacionales y demás.
«Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús». (Filipenses 4:6,7)
Me sorprendió días atrás lo que me expuso un médico incrédulo. Cuando le quise hablar de la vida eterna, no tenía tiempo para lo espiritual, pero me dio recomendaciones alineadas al principio bíblico que les compartí en el párrafo anterior, de no estar afanosos ni estar empeñados en multitud de compromisos.
Cuando le presenté los resultados de un análisis, luego de cotejar con los síntomas, me dijo que debía bajar el ritmo. Se expresó en sentido figurado “tenés que sacar el pie del acelerador”, prevenir el estrés crónico que hoy enferma a mucha gente porque según explicó, debilita el sistema inmunológico, baja las defensas que el cuerpo crea para protegerse.
Por una tarea que desarrollo en otro ámbito y que no me estresa, me he encontrado con muchas personas convalecientes que están internadas en hospitales y los médicos no encuentran fallas en su organismo. Sufren síntomas engañosos generados por el estrés, es gente que vive afanosa persiguiendo a veces lo inalcanzable.
Hoy se habla de una “generación de cristal” emocionalmente frágil, inestable, insegura. Necesita aprender a sobreponerse a los contratiempos, los fracasos personales, las dificultades de la vida. A esa generación que hoy ocupa el mayor espectro social, le falta saber equilibrar los estados de ánimo.
Y esa fortaleza moral tiene que ver con una vida espiritual, no una vida religiosa que es diferente. «Vengan a mí (dice Jesús), todos los que están cansados y cargados, y yo los haré descansar. Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallarán descanso para sus almas. Porque mi yugo es fácil y mi carga ligera» (Mateo 11:28,30)
Aquí hay una promesa de alguien que cumple lo que promete. Pero requiere activar la fe y en comunión -común unión- espiritual con Él, pedirle que nos dé esa paz que “sobrepasa todo entendimiento”, mucho más efectiva que la que se obtiene de pastillitas ansiolíticas y sin efectos colaterales.
Cuando el apóstol Pablo habla de “fortalecernos en el Señor y en el poder de
su fuerza”, se está refiriendo a nuestro estado de ánimo sustentado en un poder espiritual.
Acontece sin embargo que multitudes van a conciertos, fiestas, tragos a buscar alivio para el estrés y ahí pesca mayor desgaste que si no se revierte sino que se degrada en jaqueca, cansancio, enojo, tristeza, desánimo, un tobogán que a unos lleva al psiquiatra y otros mejor aconsejados a la fe sanadora.
El estrés hunde a muchos, pero la vida espiritual, la fe es el faro que mejor guía al naufrago.