Se solía decir que en Paraguay siempre hay “a buen tiempo”, frase de hospitalidad que indicaba que no faltaría un plato de comida al amigo o incluso al desconocido que pasara sin avisar.
Ese nivel de generosidad nos llegó a identificar como sociedad. Sin embargo la hospitalidad que se erigió en un perfil firme de nuestra cultura, se fue debilitando con la modernidad. Hoy tal vez no tengamos que compartir un plato de comida, pero muchos pasan necesidades que necesitamos atenuar, aliviar la carga de otros.
“La religión pura y sin mancha delante de Dios nuestro Padre es esta: atender a los huérfanos y a las viudas en sus aflicciones y conservarse limpio de la corrupción del mundo”. (Santiago 1:27 Nueva Versión Internacional)
Cuando este párrafo bíblico escribió el hermano de Jesús, la situación de las viudas era penosa. Eran amas de casa que quedaban sin el sustento y los huérfanos sin presente ni futuro. El llamado divino era a que los vecinos, la sociedad, se hicieran cargo de ellos.
Hoy las viudas tienen el respaldo de sistemas de seguro social y como las mujeres en general viven más que los varones, aquellas que se casaron con potentados, potentadas quedan. Sin embargo el concepto bíblico refiere que como sociedad nos ocupemos de los menesterosos y ellos siguen existiendo.
Muchas congregaciones cristianas se ocupan de hogares de ancianos, de niñas y adolescentes que han sufrido abuso, de adictos, enfermos terminales. No todo se puede dejar en manos del gobierno. Hay una porción de generosidad y de hospitalidad que nos pertenece y a la que no podemos renunciar.
¿Golpearon tus puertas por ayuda? Ciertamente hay engañadores que fingen lesiones o impedimentos para recaudar y lo hacen como estilo de vida. Sin embargo, tenemos la sabiduría para discernir sobre causas nobles e innobles e identificar aquellas que merecen nuestro apoyo.
Da la impresión de que a medida que ha ido aumentando la riqueza también fue aumentando la indiferencia hacia los que necesitan. Ambos indicadores no han tenido el mismo rumbo porque fue menguando el espíritu del Buen Samaritano.
Y este es un fenómeno estudiado. En efecto, el doctor Ron Sider, teólogo, en su libro “Rich Christians in an Age of Hunger” (Cristianos ricos en una época de hambre) sostiene que si bien la Biblia está repleta de instrucciones para cuidar a los pobres y advierte sobre la codicia, a medida que los países se vuelven más ricos, donan menos para causas nobles.
Ha crecido la indiferencia y escuché a un predicador decir que muchos de sus compañeros de secundaria han prosperado enormemente hasta redondear ingresos de hasta 1 millón de dólares. Su congregación protege a niñas en orfandad y para cuidarlas integralmente en cuerpo, alma, espíritu a veces requiere de tratamientos médicos costosos. En busca de ayuda golpeó puertas de sus ex compañeros hoy acaudalados y esas puertas no se abrieron.
Dios bendiga a los que entienden que de Dios vino el talento de generar riquezas y ayudan a los menesterosos para honrar al dador del talento. Que “los otros” opulentos sepan recoger la lección que Jesús dejó en la Parábola del rico insensato que nunca miró a los necesitados:
“También les refirió una parábola, diciendo: La heredad de un hombre rico había producido mucho. Y él pensaba dentro de sí, diciendo: ¿Qué haré, porque no tengo dónde guardar mis frutos? Y dijo: Esto haré: derribaré mis graneros, y los edificaré mayores, y allí guardaré todos mis frutos y mis bienes; y diré a mi alma: Alma, muchos bienes tienes guardados para muchos años; repósate, come, bebe, regocíjate. Pero Dios le dijo: Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma; y lo que has provisto, ¿de quién será? Así es el que hace para sí tesoro, y no es rico para con Dios”. (Lucas 12:16,21-versión Dios Habla Hoy)