“Mira a mi derecha y ve, no hay quien me reconozca; no tengo refugio, ni hay quien cuide de mi vida”. (Salmo 142:4)
David, ungido de Dios está rodeado de fieles guerreros, pero manifiesta sentirse solo. Es un hombre poderoso de la Biblia y experimenta esa sensación que a muchos azota en la sociedad moderna. Padres y abuelos en una reunión familiar, viendo como los suyos si bien están sentados a la mesa no están conectados con el encuentro familiar sino vinculados con sus contactos virtuales.
En este tiempo, mucha gente rodeada de seres queridos suele exteriorizar una profunda angustia porque todos los ven como simplemente un benefactor, pero realmente no se preocupan por su vida. Ellos escuchan a todos, pero nadie parece escucharlos a ellos. Ciertamente están los que dicen que así funcionamos y viven por encima de tales inquietudes.
Podemos ser fuertes, resilientes, resistentes pero nadie es autosuficiente. El punto es que David no se queda estancado en su lamento, sino que pasa a la oración declarando que, aunque los humanos lo olviden, Dios es su refugio en la tierra de los vivientes. Es lo que convierte a David en amado de Dios, metepatas como cualquiera, pero siempre se arrepiente y busca el mimo todopoderoso.
Clama al Señor y en esas circunstancias de bajón anímico reconoce que Él es su esperanza. Deja claro que cuando las circunstancias fallan o las personas no se fijan en nosotros, toda nuestra confianza debe estar en el Señor.
Pero no solo David entre los grandes personajes de la Biblia sintió soledad. Jesús mismo vivió esa dolorosa sensación en el huerto de Getsemaní en los momentos previos a su crucifixión, cuando pidió la compañía de sus discípulos y enfrentar con fuerza compartida el momento de su agonía, sus discípulos estaban dormidos.
En idioma “paraguayo” les dijo: “Jetu’u el tema conmigo, les pído que que me acompañen para pasar estas horas difíciles y se van a dormir”.
Así también: “He quedado yo solo” se angustia el gran Profeta Elías luego de destruir a los profetas demoniacos y enfrentarse a la sacerdotisa de lo oscuro, Jezabel. Huye, pero Dios lo acompaña y le da una misión de inmediato. El Señor no abandona a los suyos.
En circunstancias de abatimiento, muchos recurren a pastillas ansiolíticas, al sicólogo o al siquiatra. Si fueran cristianos los tratantes sería magnífico porque entenderían el camino de la restauración que viene por medio de la fe.
“Hay amigos que llevan a la ruina, pero hay amigos más fieles que un hermano”. (Proverbios 18:24)
En las instancias de soledad cuánta valía tienen los amigos y por eso tiene su enorme importancia el hablar, compartir con ellos momentos en que no hay angustias, para disfrutar simplemente de un momento sin nada por resolver, hablando de bueyes perdidos.
Reuniones sin temario preparado. No toda conversación tiene un objetivo crucial pero se libera el alma en aquellas reuniones en que “se resuelven los problemas de la humanidad”, sin haberse resuelto nada. Son relaciones sinceras luego de las cuales retornamos a casa más sanos y esperanzados.
“En todo tiempo ama al amigo, y es como un hermano en tiempo de angustia”. (Proverbios 17:17)Con el amigo hay un lazo de lealtad, apoyo mutuo y amor incondicional y naturalmente que la mejor amistad es la que obtenemos con Jesús si seguimos sus pasos. En un momento dado Él deja de considerarnos siervos para llamarnos amigos. Y un día declaró “nadie tiene amor mas grande que el que da la vida por sus amigos” (Juan 15:13)
Y Él la dio.