“Mas entre vosotros no será así, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor y el que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro siervo”. (Mateo 20:26,27)
Cuando Jesús caminó con nosotros, estableció un principio que cambió la relación entre el pueblo y los gobernantes. Con un párrafo sencillo, expuso que la grandeza del liderazgo en las naciones se basa en servir a los demás en lugar de buscar simplemente poder por el poder mismo y sus privilegios. Le dio un sentido diferente a la función política.
Al definir la función del servidor público agregó que el “Hijo del Hombre”, Él, no vino para ser servido sino para servir y dar su vida por los demás. Predicó con el ejemplo, buscando el bien de los demás, indicando que el nuevo liderazgo debía ser ejercido sirviendo, ayudando, organizando a la ciudadanía. Y siempre dando el ejemplo.
Pero Jesús respetó la gestión de los gobernantes. Incluso cuando los religiosos le preguntaron si era correcto pagar impuestos al César, dio una respuesta que no dejó lugar a dudas: “al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”.
Corresponde al ciudadano creyente cumplir con las obligaciones legales del pago de tributos sin dejar de cumplir sus obligaciones de fe y la honra que Dios merece. Tal vez la prédica cristiana ha sido débil en su enseñanza de los mandatos bíblicos en el sentido de que los liderazgos políticos en todo el mundo, usaron primero el poder para auto adjudicarse privilegios, cuando la enseñanza clara era poner en primer lugar a los gobernados.
El uso de títulos nobiliarios del estilo de “su majestad”, “su señoría” “honorable” genera hoy muchos debates cuando se contrasta con el trato de elevado respeto, la conducta de quienes son beneficiarios de tan exagerada pleitesía. Basta seguir las transmisiones de las sesiones parlamentaria de nuestro país para que cualquiera perciba que el trato de “honorable” se diluye en medio de exabruptos, palabrotas más propias de barras bravas del fútbol.
“Exhorto, ante todo, a que se hagan rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias por todos los hombres, por los reyes y por todos los que están en eminencia, para que vivamos quieta y reposadamente en toda piedad y honestidad”. (1 Timoteo 2:1,2)
La Biblia enseña que los cristianos debemos orar por nuestras autoridades para buscar la paz y el bienestar de la sociedad. Deja entrever que hay una conexión entre nuestras plegarias, el oído de Dios y su intervención para que podamos vivir en armonía.
Tengo la particular convicción de que nunca antes como ahora, los grupos intercesores de las congregaciones cristianas paraguayas obedecen la exhortación de orar por las autoridades. Y así, sin vivir en un país de maravillas, la inflación está bajo control, el suelo agrícola y ganadero rinde sus mejores frutos, Paraguay alimenta a 70 millones de personas en el mundo, el crecimiento de nuestra economía es el más elevado de la región y siguen llegando inversiones porque la plaza es estable, en un mundo cada vez más inestable.
Es decir, como creyentes vemos a cada paso obras, edificios que se levantan, gente trabajando. Bendiciones por doquier. Claro, que también está el otro panorama de la niñez abandonada, la drogadicción, los hospitales públicos desbordados
¿Por qué hay tantas enfermedades? Ese es tema para otro análisis, pero debemos preguntarnos qué tipo de vida estamos llevando olvidando la alimentación y la actividad física de nuestros abuelos.
En los foros internacionales en los que se debate la agenda impulsada por los globalistas, la delegación paraguaya defiende la vida y la familia y es interesante escuchar a representantes de organizaciones sociales y de fe de otras naciones, aplaudir la posición paraguaya. Hay gente del exterior orando por nuestra nación y como creyentes sabemos que nada de eso cae en sacos rotos.
“Los ojos de Dios están sobre los justos y atentos sus oídos al clamor de ellos.(…) Claman los justos y Dios los oye y los libra de sus angustias” (Salmo 34:15,17)
A no claudicar.