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LOS VEINTICINCO NÁUFRAGOS DE AQUELLA NOCHEBUENA EN EL CIELO DE MANHATTAN

Éramos penas 25 los ocupantes de aquel enorme avión brasileño, 25 que durmieron cuando llegó el momento de los abrazos por las celebraciones de Navidad.

El frío en Nueva York no es solo meteorológico; es una aguja de escarcha que te pincha la memoria y te recuerda que estás donde no te corresponde, buscando los dólares que tu propia tierra te negó.

El 22 de diciembre del año 2000, con la nostalgia apretándome el pecho, entendí que pasar la Navidad bajo ese cielo gris de asfalto congelado me rompería el alma.

Fui a las oficinas de la mítica, y hoy extinta, aerolínea Varig con la urgencia del que huye de un fantasma. Quería adelantar mi pasaje para el 23, pero el empleado me miró con la compasión que se le tiene a un loco. “Imposible”, me dijo.

-¿Y para el 24? – insistí.

Para mi sorpresa, el milagro navideño se obró en forma de asiento disponible. Frente a mí se abría un viaje de dieciocho horas rumbo al sur, una travesía suspendida en el tiempo para llegar a Paraguay.

La mañana del 24, Manhattan era un hervidero de jolgorio consumista, un contraste brutal con la soledad que carga a cuestas un inmigrante ilegal. Contagiado por una repentina chispa de optimismo, decidí que la Nochebuena no me iba a encontrar triste.

Entré a una bodega y compré una botella de champán y dos copas; en otra tienda consiguió cornetas de cumpleaños y sombreritos de colores.

Mi plan era de un romanticismo absoluto: meter el arsenal festivo en el equipaje de mano y, a la medianoche, descorchar la botella para brindar con el alma caritativa que me tocara en suerte al lado, fuera quien fuera. Un pacto de náufragos a miles de metros de altura.

La Navidad niuyorquina es bella pero el inmigrante paraguayo recién llegado no soporta esa luminosa y colorida y helada soledad de su nochebuena.

A las siete de la tarde, con el termómetro tiritando bajo cero, el avión de Varig decoló rugiendo hacia las nubes. Fue entonces cuando el destino barajó de nuevo las cartas: en aquella enorme carlinga viajábamos apenas veinticinco almas.

Éramos tan pocos que no había prójimo al lado de nadie; cada quien se adueñó de una fila entera de asientos y casi tocábamos a una azafata por pasajero. Mi plan de camaradería corría serio peligro en ese desierto alfombrado.

Sin embargo, a la hora de la cena, el aire de formalidad aeronáutica se disolvió. Por los parlantes anunciaron el banquete y las azafatas brasileñas empezaron a desfilar con bandejas dignas de un festín romano: pavo, codornices, faisanes y cuanto manjar quisiéramos pedir. Bueno, era Nochebuena, pensé.

Para beber, la aerolínea desplegó sus mejores lujos, incluyendo un champán francés que dejó a mi botellita de bodega en la más absoluta vergüenza. Comimos como presidentes de seccional en vísperas de elecciones y bebimos con la sed infinita de un beduino en el Sahara.

Para las diez de la noche, el alcohol y la complicidad de la distancia obraron el milagro: los veinticinco desconocidos estábamos abrazados como hermanos de toda la vida, compartiendo risas y penas de desterrados.

¡Azafata, marche otro champán!, gritábamos al unísono, amparados en la generosidad de una Varig que esa noche parecía no tener fondo.

Todavía guardaba la ilusión de sacar mis cornetas y mi botella cuando el reloj diera las doce; al fin y al cabo, el ambiente ya estaba perfectamente sazonado por la embriaguez general.

Buscando una tregua antes del gran brindis, recliné mi asiento hasta el tope, ventajas de no tener a nadie atrás, y me dispuse a esperar la medianoche. Las luces de la cabina se atenuaron, el murmullo de los pasajeros se apagó y las azafatas se retiraron a sus cuarteles, hacia el fondo del avión.

Solo quedó el arrullo monótono y magnético de los motores a once mil metros de altura, ese zumbido que invita a los párpados a desplomarse con el peso del cansancio acumulado tras meses de añoranza y trabajo duro.

Cerré los ojos un instante, meciéndome en esa Nochebuena flotante que avanzaba hacia São Paulo.

Solo 25 náufragos en el vuelo de Nochebuena desde New York a Sao Paulo. Vino, faisanes, champan y chocolate y dormir hasta la capital industrial brasileña.

De pronto, un resplandor violento me encandiló. Las luces de la cabina se encendieron de golpe y la voz melodiosa de la azafata quebró el silencio para anunciar el servicio de desayuno.

Miré el reloj con incredulidad: eran las cinco de la mañana del 25 de diciembre. El rollete, vencido por el banquete y el alcohol, se había quedado profundamente dormido como un tierno bebé.

Pasamos la medianoche de largo, suspendidos en un limbo sin tiempo ni brindis.

Al día siguiente, ya en la calidez de Asunción, y ¡vaya calidez de 40 grados!, mientras el vecindario entero dormía la siesta bajo el sol paraguayo, me senté solo en el patio.

Escuché el ansiado estallido del corcho de mi champán neoyorquino y, en el silencio de mi tierra reencontrada, brindé por el viaje, por la libertad y por la hermosa experiencia de haber celebrado la Navidad durmiendo en las nubes.