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LA PARADOJA DE LA VETERANIA, ¿POR QUÉ ELEGIMOS EL PhD DE LA TORPEZA?

Marcelo (78), todos los días demuestra que pintar puede hacerlo como cuando tenía 20.

La historia humana, tanto la universal como la de nuestras propias comunidades, está colmada de mentes cuya lucidez desafía las leyes biológicas del tiempo. El vigor intelectual no entiende de calendarios cronológicos cuando hay un propósito encendido.

Los ejemplos abundan y deslumbran.

Miguel Ángel tenía 71 años cuando asumió el monumental desafío de diseñar la cúpula de la Basílica de San Pedro en el Vaticano, legando a la humanidad una de sus mayores joyas arquitectónicas.

En el ámbito del periodismo rioplatense, figuras de la talla de Ernestina Herrera de Noble, con más de 90 años, al frente del diario Clarín, o Aldo Zuccolillo liderando el diario ABC, mantuvieron con pulso firme el timón de grandes corporaciones de medios pasados los 80 años.

Fueron y son faros de lucidez y trabajo Mirtha Legrand (99), Clint Eastwood (90), Dick Van Dyke (95).

Incluso más cerca, en el dinamismo cotidiano de Naranjal, en el Alto Paraná, hombres como Willy Ludeke continúan proyectando y construyendo el paisaje del mañana con una vitalidad envidiable a sus 88 años de edad.

Desde Miguel Ángel Bonarroti hasta Mirtha Legrand, pasando por Aldo Zuccolillo y Willi Lüdeke, la edad para ellos significó nada ante el compromiso del trabajo.

Son faros humanos, luces cuya intensidad encandila y demuestra que el criterio no se jubila.

Sin embargo, frente a este deslumbrante despliegue de genialidad longeva, nos topamos con una paradoja contemporánea desconcertante.

Teniendo a nuestra disposición el testimonio vivo de tantas lumbreras, pareciera que la sociedad actual ha diseñado un currículum invisible pero sumamente eficaz para convertirnos en auténticos doctores de la ineficacia.

Habiendo tanto de donde aprender, parecemos empeñados en cursar, y con honores, un PhD de la torpeza.

Esta desconexión se manifiesta en la prisa estéril, en la pérdida de la atención profunda y en la soberbia de creer que la inmediatez tecnológica reemplaza al oficio madurado con los años.

Nos hemos vuelto expertos en complicar lo simple, en devaluar la persistencia y en aislar la experiencia de los mayores bajo el pretexto de una supuesta obsolescencia.

Olvidamos que la verdadera maestría no radica en la velocidad con la que se hace un clic, sino en la solidez de los cimientos que se construyen a lo largo de una vida. Mientras los grandes veteranos nos enseñan a mirar el horizonte a largo plazo, la torpeza moderna nos condena a tropezar constantemente con el presente más inmediato.

Reconocer la luz de quienes nos preceden y siguen activos no es un acto de nostalgia; es una necesidad terapéutica para una época extraviada en la superficialidad de sus propias revoluciones.

Para no graduarnos en esa universidad del desacierto, urge volver la vista a los maestros cotidianos y universales. La verdadera lucidez consiste en entender que las canas no marcan el retiro del pensamiento, sino la llegada a la cúspide de su ejecución.

Efraín Martínez Cuevas
Escritor y periodista
Escritor y periodista. Autor de «Carlos Alfaro, el devoto de la literatura francesa» (El Foro, Asunción, 2025).