Publicidad
Espacio disponible
Clima
--° Asuncion
Asuncion, PY
Cotizaciones
USD -- BRL -- ARS --
en guaranies
Publicidad
Espacio disponible
Periodistas que hacen periodismo
Asuncion, Paraguay |
ganadería

TELÉMACO SILVERA, EL ESTANCIERO MÍSTICO, Y EL PLATO VACIO DE CARNE

Telémaco Silvera Amarilla.

Paraguay es, por definición y orgullo, tierra de pasturas y tradiciones ganaderas recias. En la memoria colectiva nacional, la figura del estanciero evoca inmediatamente la imagen del asado dominical, el fuego encendido y el liderazgo rural arraigado a la producción cárnica.

Sin embargo, la historia de nuestra tierra alberga excepciones fascinantes que desafían cualquier molde predecible. La más notable, quizás, sea la de Telémaco Silvera (1875-1931), un hombre cuya biografía quiebra los estereotipos de su época y de su propio gremio.

A Silvera se lo recuerda con justicia como un destacado referente político y legislador, un demócrata de vanguardia que ya a inicios del siglo XX defendía los derechos civiles de la mujer.

Pero más allá de su faceta pública, su vida privada guardaba una singular contradicción aparente: siendo heredero y propietario de dos importantes establecimientos ganaderos, criador de ganado por herencia y entorno, Telémaco Silvera no consumía carne roja.

Para comprender la dimensión de esta renuncia alimentaria, es necesario sumergirse en la geografía histórica de sus posesiones, descritas detalladamente en el libro «Telémaco Silvera, un demócrata republicano, vida y obras» (Imprenta Salesiana, Asunción, 1992). No se trataba de propiedades nominales o periféricas, heredadas de su padre, el brasileño Modesto Silvera Pereira, casado con la paraguaya Juana Bautista Amarilla, sino de establecimientos plenamente insertos en dos de los grandes ecosistemas productivos y tradicionales de la época: Ybytymí y Ñumí.

Modesto Silvera Pereira, padre de Telémaco (foto retocada con IA).

Por un lado, la estancia de Ybytymí, situada en el departamento de Paraguarí a los pies de la cordillera, representaba el corazón de la ganadería más antigua de la época colonial y de la primera mitad del siglo XIX.

Era una tierra de valles ricos, arroyos constantes y familias tradicionales firmemente ligadas al pastoreo de cría.

Recibir tierras en esta zona por línea de herencia familiar significaba portar el estandarte de una de las aristocracias rurales primigenias del país, donde el ganado bovino era la medida de todas las cosas.

Por el otro, la estancia de Ñumí, ubicada en el departamento de Guairá, conectaba a Silvera con el dinamismo económico de principios del siglo XX. El paso del Ferrocarril Central del Paraguay dotó a Ñumí de una enorme relevancia estratégica; desde allí se embarcaban cargamentos enteros de ganado hacia los mercados de Asunción. Las estancias de la zona no solo eran centros de producción vacuna, sino nodos logísticos vitales donde el peón, el capataz y el patrón convivían bajo las leyes inquebrantables del trabajo de a caballo.

Proveniente de esta estirpe de criadores, Silvera administró estos bienes heredados respetando los sistemas productivos de su tiempo.

Ambas estancias operaban con regularidad en el mercado tradicional, proveyendo al país de la misma carne que su propietario decidía no consumir.

La explicación a esta peculiaridad no radicaba en un rechazo a su propio medio de vida, sino en la profundidad de sus convicciones espirituales. Como miembro de la Orden Rosacruz, Silvera sintonizaba con una corriente filosófico-mística que vinculaba la alimentación con la pureza del espíritu y el respeto a la vibración de la vida animal.

Aquella sensibilidad interna, según rescata la investigación histórica de su descendiente, la doctora Cecilia Silvera Álvarez, no era un compartimento estanco: su espiritualidad moldeaba de forma directa sus pensamientos políticos humanistas y su búsqueda de equidad social.

Este cruce entre el plato, la fe y la economía nos invita a una reflexión más amplia sobre los mandatos culturales y religiosos en torno a lo que comemos.

A lo largo de la geografía humana, la relación entre el espíritu y el alimento ha tomado senderos muy diversos.

En Oriente, el hinduismo consagra a la vaca como un símbolo sagrado de maternidad y vida, convirtiendo la abstención de su carne en un principio de no violencia (ahimsa).

Por el contrario, la tradición judeocristiana occidental no contiene una prohibición explícita sobre la carne vacuna; los relatos evangélicos muestran al propio Jesús participando activamente de cenas pascuales donde el cordero era el centro de la mesa comunitaria.

Las restricciones giran hacia otros rumbos en el mundo islámico o el judaísmo, donde el cerdo queda excluido por razones de pureza ritual.

La pregunta que legítimamente brota al contemplar el tablero histórico es si resulta viable, o común, encontrar hoy en día a un ganadero paraguayo que decida apartar de su dieta el producto insignia de sus propias pasturas.

Aunque a primera vista parezca una contradicción económica, la experiencia humana demuestra que las convicciones íntimas, ya sean dictadas por una filosofía mística, motivos de salud o elecciones éticas personales, operan en una dimensión ajena a las leyes del mercado.

Allí radica el valor del testimonio de Telémaco Silvera: mientras en los galpones, rodeos y puestos en Potrero Rojas, Ñumí, e Ybytymí se marcaba, arreaba y faenaba la producción vacuna, el dueño de casa sostenía una vida interior regida por la mística, proyectando desde esas mismas tierras sus ideas de avanzada social.

El rumor de los rebaños en las pasturas paraguayas convivía de forma armónica con el silencio reflexivo de un pensador.

Su figura demuestra que es posible liderar un sector productivo, honrar el legado familiar de la tierra y, al mismo tiempo, reservar un espacio sagrado en la intimidad del hogar para los dictados del alma.

Al final del día, el plato vacío de carne roja en la mesa de aquel estanciero místico de Ñumí e Ybytymí no era una negación de su paraguayidad, sino la afirmación de que el ser humano es un horizonte complejo, capaz de criar riqueza para el cuerpo de su nación mientras alimenta el espíritu con sus propias e inquebrantables directrices.

Conocer mejor a Telémaco Silvera demanda comentar que su hermano fue Nelson Rubén Silvera Amarilla, propietario de las estancias “Alborada” y “Tapirangy”, en el Chaco. Nelson formó parte de la directiva de la Asociación Rural del Paraguay.

Efraín Martínez Cuevas
Escritor y periodista
Escritor y periodista. Autor de «Carlos Alfaro, el devoto de la literatura francesa» (El Foro, Asunción, 2025).