
Don Federico y doña Ángela en su granja, “Guarapí” de Yaguarón.
En el periodismo de antes, el que se hace embarrándose los zapatos y conversando cara a cara con la gente, uno aprende a distinguir de inmediato a los hombres que hacen patria de los que solo buscan el titular del día.
Don Federico Camilo Figueredo Pérez pertenecía, indiscutiblemente, a la primera estirpe. Su vida, que comenzó un martes 18 de julio de 1916 en la compañía Ca’a de Luque, es la crónica viva de cómo el sector rural, cuando se le inyecta disciplina y convicción, es el verdadero motor de este país.
Hijo de Gertrudis Pérez Fleitas y de Juan Gualberto Figueredo, este último, un dato no menor, fue de los primeros agrónomos moldeados por la mente brillante del sabio Moisés S. Bertoni, Federico mamó desde la cuna el respeto por la ciencia de la tierra. Sin embargo, su camino inicial estuvo en los cuarteles.
Sirvió con honor en la caballería militar, alcanzando el grado de capitán hasta su retiro en 1947. Para entonces, ya caminaba a la par con el gran amor de su vida, Ángela Victoria Nicora Rolón, la recordada «Pochocha», con quien se casó el sábado 25 de septiembre de 1943.
A los 31 años, el capitán tomó una decisión de esas que escasean: cambió el uniforme por el overol del tambero. En 1955, tras dejar Cerro León, la pareja se afincó en la compañía Guarapí de Yaguarón, en el departamento de Paraguarí. Allí empezó la verdadera epopeya.
Tuve la fortuna de conocerlo y entrevistarlo varias veces para el diario en el que trabajaba allá por 1978.
En ese entonces, la Granja Guarapí era apenas un tambo modesto, un proyecto a pulmón en una época donde producir en el campo paraguayo exigía un coraje descomunal.
Lo recuerdo perfectamente: espigado, de sombrero bien puesto, campechano y con esa mirada limpia del hombre rural. Lo que más me impactaba de nuestras charlas no era solo su visión técnica, sino su obsesión por la juventud. Don Federico siempre tenía una palabra de aliento, un empujón anímico para los jóvenes que dudaban de quedarse en el campo. Él sabía que el arraigo rural era la clave del desarrollo.

Don Federico, en su tambo.
El tiempo y la terquedad de los justos le dieron la razón.
Aquel pequeño tambo de Yaguarón que visité en los setenta se transformó, bajo el sello de Agro Industrial Guarapí S.A., en el gigante que dio origen a la marca «Doña Ángela».
Hoy, sus productos lácteos visten las mesas de todo el país, pero detrás del sachet de leche hay una historia de sudor que las nuevas generaciones no deben olvidar.
Para cuando este viejo capitán de la producción nos dejó, la planta ya procesaba la impresionante cifra de 125.000 litros de leche por día. Un verdadero hito para el cooperativismo y la industria nacional.
Doña Ángela partió primero, el viernes 14 de julio de 2000. Don Federico la siguió el jueves 14 de noviembre de 2013, trabajando y atendiendo su granja hasta el último aliento.
Desde las páginas de este diario digital 24/7, rescatamos su figura no solo como un obituario tardío, sino como una noticia que sigue vigente: el campo paraguayo es riqueza, es dignidad y, cuando se trabaja como lo hizo Federico Figueredo, es el legado más grande que se le puede dejar a la nación.