Cada 16 de septiembre, el calendario nos invita a conmemorar el Día del Historiador Paraguayo, una fecha establecida formalmente por la Ley N° 6714 en homenaje a los hitos fundacionales de nuestra civilidad institucional y a cronistas esenciales como Ruy Díaz de Guzmán.

Sin embargo, más allá de la efeméride protocolar, la fecha instala una interrogante incómoda en el tablero educativo y social del Paraguay contemporáneo: ¿tiene sentido seguir enseñando historia o el pasado se convirtió en una carga obsoleta, en una suerte de «viejazo» desconectado de un mundo hipertecnológico y acelerado?
¿Es preferible habitar la comodidad de la amnesia colectiva antes que el desafío de saber de dónde venimos?
Reducir la historia a la memorización mecánica de batallas, nombres de generales y listados de tratados bilaterales ha sido, quizás, el mayor error pedagógico de las últimas décadas.
Es precisamente ese enfoque estático el que genera desinterés y alimenta el mito de que mirar atrás es una pérdida de tiempo. Pero la historia paraguaya no es una pieza de museo cubierta de polvo; es el mapa genético de nuestro presente.
No comprender los procesos que configuraron nuestra sociedad – desde el sincretismo hispano-guaraní y la dolorosa resiliencia de la posguerra, hasta las dictaduras y las transiciones democráticas – nos condena a ser meros espectadores en nuestra propia tierra, incapaces de descifrar las dinámicas del poder, la desigualdad o la riqueza cultural que hoy nos rodean.
Permanecer en la oscuridad histórica no es una opción neutral ni inocente. El analfabetismo histórico es un terreno fértil para la manipulación. Una sociedad que ignora su pasado carece de anticuerpos contra los discursos populistas, repite cíclicamente los mismos errores políticos y es incapaz de proyectar un futuro con identidad propia.
Quien no sabe cómo se construyó su comunidad difícilmente desarrollará un sentido profundo de pertenencia y compromiso ciudadano. Renunciar a la historia es renunciar al derecho de saber por qué somos como somos y, sobre todo, a la posibilidad de transformar lo que está mal.
El verdadero desafío de la educación actual no radica en acumular datos históricos, sino en enseñar a pensar históricamente.
La labor que impulsan los docentes e investigadores del área consiste en dotar a las nuevas generaciones de herramientas críticas para interrogar al pasado, cuestionar las narrativas oficiales y comprender el origen de nuestras instituciones y conflictos actuales.
Lejos de ser un ejercicio nostálgico o un «viejazo», la historia es la brújula indispensable para navegar la incertidumbre global. En este Día del Historiador, recordar de dónde venimos no es mirar al ayer con melancolía, sino encender la luz necesaria para construir un Paraguay más consciente, libre y soberano.