
En cualquier hemeroteca los nombres y los casos están para siempre archivados.
Los antiguos archivos y las bibliotecas no se fundaron por mero capricho; se erigieron con el fin supremo de que la memoria perdure. De los antecedentes nadie escapa. La verdad histórica resiste, intacta, al polvo, a las telarañas del tiempo y al olor a moho acumulado por los siglos.
Por eso se dice, y con absoluta certeza, que nadie soporta el peso de un archivo.
Especialmente aquellos que hoy pretenden presentarse ante la sociedad como ciudadanos ejemplares, intentando sepultar de un plumazo un pasado que los condena.
Asistimos al descarado espectáculo de quienes se presentan como los más listos, autopromocionándose como salvadores de la patria.
Vemos, por ejemplo, a un Elvio Benítez, cuyo historial está profundamente corroído por incidentes criminales; a un Rafael Filizzola, arrastrando el oscuro lastre de su gestión como ministro del Interior; o a un Miguel Prieto, cercado por las denuncias sobre su manejo en la intendencia de Ciudad del Este.
Frente a la amnesia que pretenden imponer, los archivos se levantan hoy como dedos acusadores que desmienten su discurso y apuntan directamente a sus responsabilidades.

Las memorias de los diarios viejos y los registros de Internet son indiscutidas implacablemente. Por eso cualquier archivo tiene peso que el infractor no soporta. Es como el agua bendita contra la presencia demoniaca.
La humanidad siempre tuvo claro que debían almacenarse libros, documentos y papeles. No fue por acumulación, sino por defensa propia: sabían perfectamente que, de lo contrario, los oportunistas de siempre tendrían el camino libre para engañar al pueblo.
Sin el registro de la historia, los más astutos son capaces de actuar como verdaderos diablos y, al día siguiente, presentarse ante nosotros con el rostro de un santo y las alas de un ángel.
La memoria no olvida, y el archivo no perdona.