Miriam Alfonso.
En la pintoresca galería de la transición democrática paraguaya, pocos personajes resplandecen con tanta autenticidad, coraje y desenfado como Miriam Graciela Alfonso González.
Lejos de los rígidos trajes de sastre y el protocolo tradicional, Miriam rompió moldes con una identidad visual inconfundible que la convirtió en un mito popular: su sello personal eran las camisas a cuadros, los pantalones de jean, las botas y el infaltable sombrero.
Aquella estética de carácter indómito, sumada a una célebre fotografía de la época donde se la veía plantada con los brazos en jarra y un arma en la cintura ahuyentando a los delincuentes, le valió el inolvidable mote de «Pepita, la pistolera».
Su base de operaciones estaba fuertemente arraigada en Lambaré, aunque su residencia oficial se encontraba sobre la calle Azara 3.872 casi Operadores del Chaco, en la capital paraguaya.
Durante una intensa y pintoresca trayectoria de diez años en el Congreso Nacional (1993-2003), Miriam transitó por importantes corrientes políticas de la época.
Ingresó a la Cámara de Diputados para el periodo 1993-1998 impulsada por el argañismo del Partido Colorado y, posteriormente, consiguió un segundo mandato legislativo bajo las banderas del partido Unace, liderado por Lino César Oviedo.
En su labor parlamentaria demostró una audacia tan grande como sus extravagancias; un claro ejemplo fue cuando propuso un proyecto de ley para elevar a rango de Ley de la Nación el reglamento interno de la comunidad indígena Maká de Mariano Roque Alonso, desconcertando a la Comisión de Legislación.
Asimismo, hacia el final de su carrera en junio de 2003, demostró su gran capacidad de articulación política al liderar y lograr la aprobación de un polémico proyecto que reducía a 55 años la edad de jubilación completa para los parlamentarios.
Sin embargo, más allá de las leyes, Miriam sumó una inmensa simpatía popular gracias a una maravillosa e inocente habilidad para reconfigurar el refranero popular.
Sus célebres gaffes oratorias pasaron directamente a la antología del folklore político; con absoluta seguridad y sin importarle las risas de sus colegas – lo que a menudo servía para desarmar la tensión de los más álgidos debates presupuestarios -, soltaba perlas memorables como asegurar que “lo cortés no quita lo bailado”, afirmar con solemnidad que “nos levantamos de nuestras cenizas como el gato Félix” (en lugar del ave Fénix), o referirse seriamente a “los perros canes de la policía”.
Tras alejarse de los primeros planos de la política paraguaya, la vida la llevó a un giro radical. Viajó a España donde, con la misma dignidad y humildad con la que portaba su sombrero parlamentario en su banca de diputados, trabajó en el servicio doméstico y cuidando a personas ancianas.
Aquejada por una enfermedad terminal, regresó a su tierra natal y falleció en Asunción el 16 de abril de 2011. Se marchó una mujer extravagante, valiente y auténtica que demostró que el carisma político no se aprende en los manuales de protocolo, sino que se lleva en el temple, en las botas y en la memoria de un pueblo que siempre la recordará con una sonrisa afectuosa.