
Imagen publicada por Abc Color al mencionar el fallecimiento de Ayala en 2023.
Hay hombres cuya biografía no se escribe con tinta, sino con el aroma persistente del fuego y el almidón. En una época donde los moldes de un machismo de piedra pretendían dictar los oficios del orgullo paraguayo, una silueta se atrevió a desafiar la corriente llevando un delantal ceñido al alma y una corona de mimbre colmada de promesas sobre la cabeza.
Juan Ramón Ayala no solo vendió chipa; refundó la dignidad del andante, quebrando el viejo monopolio de los pies descalzos para demostrar que el verdadero valor no entiende de géneros, sino de laboriosidad inquebrantable.
A cinco años de que su andar terrenal cerrara el ciclo de sus ochenta benignos inviernos, las calles de la capital y los rincones de su añorado suelo de Eusebio Ayala conservan intacto el eco de su melodioso pregón ambulante.
En esta edición especial de lunes, 31 de agosto de 2026, 24/7 viaja al corazón de la leyenda: desde sus madrugadas a porcentaje hasta el rito dorado que conquistó las esquinas de Asunción, los paladares presidenciales y las páginas doradas de la historia nacional.
ELEGÍA TARDÍA A DON JUAN RAMÓN

Juan Ramón Ayala fue el hombre que quebró, con la delicada persistencia de la masa tierna, los fríos moldes de un machismo paraguayo esculpido en piedra.
Hasta que su silueta recortó el horizonte, trayendo consigo un delantal ceñido al alma y una canasta colmada de promesas sobre la cabeza, el rito ambulante de la chipa era un sagrado monopolio femenino.
El pensamiento altivo de la época no lograba comprender que un hombre pudiera «denigrarse» en aquel oficio reservado a las manos tibias y a los pies descalzos de las mujeres, sin ver que la dignidad camina sin zapatos y no entiende de géneros.
La leyenda comenzó a amasarse en el candor de sus dieciséis primaveras. Las viejas marchantes del Mercado Cuatro aún custodian el eco de su estampa en la mítica esquina de Battilana y Río Blanco: allí permanecía él, sosteniendo el cielo en una canasta, con el delantal inmaculado como bandera y una radio portátil a pila colgada del cuello, desgranando polcas al viento.
Entre el oleaje de la multitud, su voz se elevaba como un pájaro de fuego, pregonando sin tregua: “¡Chipá Barrero, de Juan Ramón Ayala, Chipá Barrero!”, melodía que se trenzaba con el latido nativo de “¡Chipa Barrero, Barrero peguá chipero!”. Así, acunado por el pregón y el sudor, comenzó a andar su propio camino.
Don Juan fue el fruto bendito de Rufina Ayala, su madre y compañera en los fogones iniciales, con quien compartió el desvelo de las madrugadas exigentes. Aquel milagro de aroma y sustento germinó en un paraje de tierras nobles que mudó de nombre como los árboles mudan de hojas: fue Yukyty, fue Yuky Resa, fue Capilla San Roque y Barrero Grande, hasta que el decreto-ley 9021 de 1940 selló su nombre definitivo como Eusebio Ayala.
Cinco años anduvo Juan Ramón hilvanando lunas y soles, trabajando a porcentaje para otra hacedora del pueblo.

Juan Ramón Ayala (Der.) en su fábrica de chipás en Eusebio Ayala.
Pero el destino reclamaba sus propias manos, y tomó la posta del porvenir secundado por el amor de su madre y la lealtad de un hermano. El viento de su esfuerzo lo trasladó a la capital, plantando su presencia en la estratégica esquina de 25 de Mayo y Caballero.
Su clientela se volvió un crisol donde se fundían los caminantes del pueblo y las altas esferas, llegando a deleitar el paladar del mismísimo presidente de la República, rendido ante el sabor de su herencia.
7 de abril de 1977:
El matutino retrató a un Ayala en la plenitud de sus treinta y seis floridos años. En aquel tiempo de promesas, sus chipas se ofrecían en un abanico de monedas: veinte, cincuenta, cien y doscientos guaraníes. La fotografía rescatada por el matutino congeló para siempre el fulgor de aquel joven industrial gastronómico, con la mirada preñada de futuro a sus treinta y seis años de edad.
El 17 de junio de 2023, don Juan Ramón Ayala cerró el ciclo de sus ochenta benignos y productivos años sobre la tierra. Dejó tras de sí una industria dorada, una catedral del sabor que le otorgó un sello personalísimo y eterno a Eusebio Ayala, la otrora Barrero Grande.
Al igual que los próceres y las mentes preclaras que acuna esa misma tierra – Cirilo Antonio Rivarola, el propio Eusebio Ayala, José Del Rosario Miranda, Adela Speratti y Juan Bautista Rivarola -, el nombre de Juan Ramón Ayala y su inquebrantable laboriosidad honran definitivamente a su pueblo, grabados ya en el bronce invisible de la memoria nacional.
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