La política pública, cuando toca la fibra más sensible de una nación, la infancia, deja de ser un frío cálculo presupuestario para convertirse en un imperativo moral. En Paraguay, el programa Hambre Cero representa precisamente ese límite ético: la garantía de que cada estudiante escolar reciba una ración diaria de alimento.
Sin embargo, resulta llamativo cómo una iniciativa de esta magnitud despierta críticas que, a menudo, pecan de ligereza o de un escepticismo destructivo.
Calificar la alimentación escolar como un simple desvío de recursos o argumentar de manera simplista que “la escuela no es un comedor” demuestra un profundo desconocimiento de la realidad social y pedagógica de nuestro país.
Un niño con hambre no puede aprender. La desnutrición no solo afecta el desarrollo cognitivo inmediato, sino que perpetúa un ciclo de pobreza que condena el futuro de familias enteras.
El plato de comida en el aula no es un lujo; es la base mínima sobre la cual se construye el derecho a la educación.
Quienes hoy miran este esfuerzo con desdén quizás olvidan, o nunca conocieron, el pasado.
Décadas atrás, la norma para incontables niños paraguayos era asistir a clases con el estómago vacío. Los primeros esfuerzos paliativos, como el histórico programa «Alianza para el Progreso» en la década de 1960, apenas lograban distribuir leche en polvo para mitigar las carencias durante el recreo.
Aquella era una respuesta solidaria pero fragmentada. Hoy, contar con una estructura estatal que asegura el almuerzo diario es un avance que merece ser defendido, no minimizado con ligereza. La memoria histórica debería apelar, al menos, al respeto y al silencio reflexivo de los detractores.
Esta necesidad de cuidado nos permite conectar la urgencia material con una dimensión espiritual profunda.
La conocida máxima bíblica que insta a buscar “la leche espiritual no adulterada” nos recuerda que las sociedades también enferman cuando la maldad y el cinismo corroen el debate público las veinticuatro horas del día. No se puede aspirar al bienestar común ni a la bendición colectiva si bloqueamos el bien ajeno por mera mezquindad política.
Como bien inmortalizó la banda británica The Beatles en su célebre canción, a veces corresponde simplemente “dejar ser” (Let it be). Deja que fluya por su cauce natural, las generaciones futuras agradecerán.
Es necesario permitir que los proyectos que benefician a los más vulnerables sigan su curso sin trabas artificiales. Alimentar a un niño es un acto que trasciende banderas partidarias; responde a los principios fundamentales de la justicia y la dignidad humana.
Corresponde, pues, al Estado gobernar con el sentido de protección y auxilio al prójimo. Un país que prioriza el alimento de sus estudiantes está sembrando la base de una sociedad más justa, sana y educada.