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Dios, Patria y Familia

¿Por qué Dios permite los terremotos?

Violento terremoto en Venezuela, ahora otro sismo en Colombia. Las alarmas están encendidas en la región y la pregunta vuelve una y otra vez.

Carlos Alberto Rodríguez, periodista
Carlos Alberto Rodríguez.

Carlos Alberto Rodríguez (*)

“Porque sabemos que toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora”.

Romanos 8:22

Violento terremoto en Venezuela hace unas semanas, ahora otro sismo en Colombia. Las alarmas están encendidas en la región y reflexionamos que felizmente Paraguay no está en la zona de inestabilidad de los cimientos de la Tierra, ahí donde las placas tectónicas colisionan una contra otra generando los temblores destructivos.

No estamos preparados para soportar un sismo como los ocurridos. Nuestras construcciones no son antisísmicas, pero está escrito que la creación gime “con dolores de parto” en señal de que hay preparativos para un alumbramiento y eso se refiere a la reaparición de la luz por estas comarcas, la segunda venida de Cristo.

Cuando acontecen los desastres, surge la pregunta: ¿Si Dios existe por qué ocurren todas estas cosas? Y esa pregunta irremediablemente nos lleva a reflexionar sobre un contexto amplio. Si la naturaleza gime con dolores de parto necesitamos entender que debemos prepararnos para ese parto.

Una madre embarazada sabe que cuando sufre las contracciones (dolores de parto) no debe preguntar por qué ocurren sino que se prepara para decirle al esposo que llegó la hora de ir al hospital. El alumbramiento está próximo.

Con relación al gemido de la Tierra, cambia la pregunta ¿Qué debemos hacer cuando vemos incendios en Europa, guerras y rumores de guerra, erupciones volcánicas, terremotos, el fenómeno “El Niño” todo al unísono azotando distintas naciones del planeta?

Todos son signos que el mismo Jesús nos dio para entender que se acercaba el tiempo de su venida. Y nos envió el mensaje por conducto de Pablo: “Y que el mismo Dios de paz os santifique por completo; y que todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea preservado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo”. (1 Tesalonicenses 5:23)

El problema es que el mundo está tan distraído en deleites, farras y conflictos que el Señor necesita sacudirnos para despertarnos de nuestra modorra espiritual. Y claro, cuando ocurre un desastre natural inmediatamente levantamos la mirada al cielo. Sólo así muchos se acuerdan de que Dios está esperándonos con los brazos abiertos a que volvamos a Él para que por conducto de su Hijo, nos dé su perdón y salvación.

No deberíamos tener una mera visión terrenal sino una visión de eternidad. No somos seres terrenales con una experiencia espiritual. Somos seres espirituales con una experiencia terrenal, pasajera, una mera pasantía porque nos fue dada —por fe— la potestad de ser ciudadanos eternos del cielo. Escrito está:

“Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo; el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas”. (Filipenses 3:20,21)

Son tiempos de preparación espiritual, de cambiar nuestra mente, nuestra visión interpretando los tiempos y como consecuencia, ponernos a cuentas con Dios que nos dice: “Venid luego, dice el Señor, y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana”. (Isaías 1:8)

Dice “venid”, es necesario recurrir a Él arrepentidos y pedirle perdón en el nombre de Jesús para obtener esa ciudadanía celestial que nos fue prometida.


(*) Periodista.

Carlos Alberto Rodríguez
Periodista - Columnista
Periodista. Escribe la columna fija «Dios, Patria y Familia» en 24/7.