El algodón está impregnado en nosotros, los paraguayos, porque desde antes de la llegada de los españoles a América, ya tenía nombre: mandyju.
Así, los indígenas tapaban sus partes íntimas con telas de algodón, años después el Paraguay se auto sustentaba en vestimenta con telas de algodón hechas con fibras el mandyju pyta, de plantas que se tenían en cada casa, cuando el Dr. Francia “cerró” las fronteras del país, abastecimos desmotadoras de Inglaterra antes de la guerra de exterminio a que nos sometieron y después de esa guerra grande se seguía sembrando, aunque no lo podían cosechar por escases de mano de obra, por las interminables guerras civiles entre paraguayos.
En la década del ´70, llegaron años muy buenos para el país y la producción algodonera fue la principal fuente de ingresos de la mayoría de los pequeños productores, la fibra importante rubro de exportación del país, en tanto que el aceite, cubrió gran parte de la demanda local, hasta alrededor del año 2000.
Desde la citada década hasta hoy, el “tren” de la producción algodonera paraguaya tuvo varias paradas o estaciones, en el tiempo, donde subían o bajaban beneficios para productores, comerciantes o industriales del sector.
Así, en una de las paradas a principios de la década del 60/70, subieron los terrenos nuevos con buenas tierras, también nuevas variedades relativamente rústicas y adecuadas a las condiciones ambientales del país, por eso mismo, apreciadas por los productores, industriales, también subieron muy bien preparados técnicos investigadores/extensionistas y guapos productores.

El Ing López es autor del libro “Resurgirás algodón”.
A media que transcurría el tiempo, alrededor de los 90, en algunas estaciones, al primer descuido se bajó algo del acompañamiento técnico, del crediticio y los insumos de calidad, con eso, en cada estación empezaron a bajar los rendimientos, en la misma proporción se incorporaban al tren variedades con mejores rendimientos pero no adaptadas a las condiciones fitosanitarias.
Nuevos acopiadores y sus patrones, lastimosamente nunca subieron los fertilizantes (ni químicos, ni abonos verdes), tampoco subieron en cantidad deseada la organización de los productores, y a medida que aumentaba la superficie cultivada se incorporaban al viaje más suelos degradados.
Los acopiadores comenzaron a desplazar a las instituciones de crédito, inclusive a los extensionistas que llevaban conocimientos nuevos, con eso creció mucho más el desfasaje entre las recomendaciones técnicas y la adopción de las nuevas prácticas de campo y con la aparición del picudo, alrededor del año 2000, los rendimientos ya no eran los esperados y….fuimos perdiendo el “tren” en esta región del país.
Siempre me persigue una pregunta: ¿Qué hubiese pasado si en los últimos tiempos hubiéramos subido al “tren” de la producción algodonera a la biotecnología como en los países vecinos? porque ellos, con el algodón transgénico, mantuvieron los rendimientos a campo porque facilitaba el control de algunos insectos plagas y de malezas, para sus pequeños productores, aunque también, ellos siempre tuvieron mucho mayor superficie de siembra y cumplían con las indicaciones técnicas mejor que los nuestros.
Quizás, sencillamente, en esos últimos tiempos el textil no recibió la atención debida, hasta ya era difícil creer que era el oro blanco porque el pequeño productor seguía sin estar preparado para identificar problemas de campo, administrar su finca, adquirir insumos de calidad, comercializar el producto, entre otros, y terminó dejando el campo para migrar a las ciudades.
Alrededor del año 2010 el “tren” de la producción algodonera dejo la región oriental y emprendió viaje hacia el Chaco, cargado con mucha tecnología y capital y, en su interior cambio todo, llevaba nuevos paradigmas y los pasajeros casi todos nuevos, como el tipo de suelo, las variedades del textil, los productores y los técnicos, los insectos, malezas y enfermedades, la cosecha hasta la industrialización.
Y, en el 2026, el “tren” de la producción algodonera sigue su marcha en el Chaco, pesar de la brusca disminución de la superficie cultivada de unas 60.000 a unas estimativas 30.000 hectáreas.
Los pasajeros del “tren”, productores, técnicos o industriales siguen muy motivados, intensifican actividades para generar recursos y tecnificar el proceso de producción, mejorar la capacidad productiva y así mejorar sus ingresos, pero cuidado, porque como decía el buen amigo, y aunque ya ausente, mi consejero, el gran Ing. Willy Giesbrech “Chaco, es Chaco”.