Nota de la Redacción: En un entorno digital dominado por la inmediatez de la noticia, 24/7 abre un espacio a la ficción para explorar las realidades del mañana desde la perspectiva del arte. A través de este microcuento, nos sumergimos en la tradición de la literatura fantástica, siguiendo la línea del absurdo y la crítica burocrática de autores como Frank Kafka, Edgar Allan Poe, Fiodor Dostoievsky o Albert Camus, para plantear una alegoría sobre el destino de nuestra propia infraestructura urbana y cultural. Lo que sigue no es una crónica periodística, sino un ejercicio de imaginación literaria.
¿Qué quedará de las redacciones de ABC, Última Hora y La Nación dentro de seis décadas? Un viaje fantástico al subsuelo de una Asunción devorada por estacionamientos y oficinas públicas, donde la burocracia del futuro se vuelve una pesadilla de tinta y metal.
En el año 2086, Asunción terminó de devorarse a sí misma. Los viejos edificios de ABC, Última Hora y La Nación se habían disuelto en un laberinto de estacionamientos públicos flotantes y ministerios vacíos. El papel impreso era un mito arqueológico.
Carlos, un burócrata gris que custodiaba los servidores cuánticos de la calle Yegros, descendió al subsuelo persiguiendo un zumbido anacrónico. Al fondo de una escalera interminable, el olor a tinta fresca y plomo derretido lo asfixió.
Allí, una rotativa centenaria giraba en la penumbra, operada por un tipógrafo ciego con caparazón de escarabajo bajo el saco gastado. Carlos, aquel aprendiz gráfico del diario de 2026 se acercó y leyó la página que se imprimía sola: era la crónica detallada de su propia muerte, programada para el amanecer.
Aterrorizado, intentó huir, pero un crujido seco le fracturó la espalda. Su cuerpo comenzó a aplanarse y endurecerse, tiñéndose de un negro opaco. No iba a morir; la burocracia del destino lo había archivado.
El tipógrafo ciego lo tomó con indiferencia —convertido ya en una rígida plancha tipográfica de la sección de policiales— y lo encajó a la fuerza en los rodillos. Al salir el sol, la máquina comenzó a girar, triturándolo eternamente para imprimir un diario que solo la tierra vacía iba a leer.