Efesios 4:29 dice: “Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes”.
Este pasaje bíblico llegó a ser una norma de estilo en las redacciones de los diarios. Fueron tiempos gloriosos en los que se cultivó el buen decir y en que los periódicos eran redactados por escritores o por quienes finalmente —por el ejercicio enriquecedor de la narración periodística— terminaron su carrera siendo exponentes de las letras para beneficio de generaciones futuras.
Roa Bastos, Romero Valdovinos, Helio Vera, Juan E. O’Leary, por citar solo algunos, fueron cultores de una narrativa elegante, respetuosa, amena, que hacía placentera la lectura de los diarios.
Hasta que apareció la grabadora
Y la buena narración vivió y sobrevivió hasta que apareció la grabadora. Antes, el periodista tomaba nota en una hoja o libreta de apuntes de la declaración del entrevistado y naturalmente no hacía una transcripción literal de lo que decía, sino que solo en algunos casos usaba la comilla para indicar que era la palabra dicha; pero en gran medida el redactor narraba el concepto central de la entrevista.
Y enriquecía su narración con detalles de la expresión del entrevistado. Por ejemplo:
Ante la pregunta de si lanzaría su candidatura, el entrevistado apretó los labios como quien refrena una respuesta rápida. Miró a lo lejos, como sopesando la respuesta que consideraba oportuna, y soltó un “sí” que sonó condicional, no un sí tajante y concluyente. Una sonrisa rubricó sus expresiones y prefirió no avanzar sobre un tema que ganó notoriedad en los últimos días en la opinión pública.
Es decir, el periodista contaba su interpretación de los detalles, el tono y los gestos que le permitían deducir, descifrar lo que la palabra simplemente no exponía. Había una interpretación por la capacidad del redactor de discernir aspectos que enriquecían la información y ubicaban al lector como si estuviera en el mismo lugar del periodista.
Hoy el periodismo se basa más en la grabación. Sin ofender, diría que es un mero transcriptor de la grabación, sin detalles enriquecedores de la entrevista.
El otro aspecto: la palabrota
Como que se interpreta que se trata del súmmum de la libre expresión y la libertad de opinión. En vez de contribuir a elevar el nivel de expresión ciudadana desde el periodismo, el lenguaje barriobajero se aparta de las normas de cortesía social y se baja fácilmente al terreno de la ofensa, la desconsideración y el irrespeto a los demás.
(*) Periodista.