“Y no solo esto, sino que también nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia, y la paciencia prueba y la prueba, esperanza”. (Romanos 5:3,4)
¿Por qué Dios permite las granizadas que destruyen nuestros techos? Se trata de una pregunta natural, humana que tiene un contexto y una respuesta espiritual. Las Escrituras señalan que Dios prueba a los que ama. Nos dice que nos examina presentándonos dificultades, del mismo modo que en nuestra vida académica, debemos pasar exámenes como medidores de aprendizaje.
“Nos gloriamos en las tribulaciones”. Parece difícil regocijarnos en los problemas como manda Dios. Entendamos que la alegría de la prueba viene después de salvar el examen, no en medio de la dificultad que tenemos encima. Dios no se goza en nuestro dolor, sino que nos edifica a través del dolor. Nadie que no haya sido probado, enfrentado los avatares de la vida pensando que debió empezar de nuevo, le pondría la firma a lo que Dios dice en el pasaje con el cual empecé el comentario.
¿Quién es el que se va a sentir agradecido porque se le rompió el techo, el parabrisas o porque tuvo que dormir en el coche mientras su dormitorio chorreaba bajo la lluvia, sino quien ha sido probado a fuego y ya comprobó antes una y otra vez que Dios no tenía intenciones de destruirlo sino de hacerlo más fuerte y llevarlo a una instancia superior?
Las pruebas fortalecen el músculo espiritual, nos vuelve perseverantes en el camino de la fe, en vez de rendirnos rápido. “Mira que te pido que seas esforzado y valiente. No temas ni desmayes porque Jehová tu Dios estará contigo en donde quiera que vayas”. (Josué 1:9)
Dios quiere que seamos como oro fino. El oro debe ser probado para comprobar su autenticidad y para ello se le somete a una prueba de fuego. Cada uno de los creyentes necesitamos saber que somos oro puro, seres valiosos, preparados para toda buena obra y no pusilánimes ni débiles.
Siempre los creyentes estamos en un proceso para luego mirar atrás para y ver cómo el Señor por conducto de su Espíritu Santo nos fue perfeccionando, permitiéndonos crecer, corregir y madurar nuestro carácter, siendo perfeccionados y un día comprender que en la poltrona de la casa, sin desafíos hubiéramos quedado hundidos en la derrota y la debilidad.
No debemos dejar que las aflicciones nos roben la paz sino confiar en que Dios suplirá cada una de nuestras necesidades y luego de la prueba, enviará un tiempo de refrigerio. Las cargas pesadas que recibimos no vinieron para destruirnos sino para revelar la fortaleza que el cielo ha puesto sobre nosotros.
“Echa sobre Jehová tu carga y Él te sustentará ¡No dejará para siempre caído al justo! (Salmo 55:22)
Está claro que podemos tropezar, enfrentar el dolor de una enfermedad, un fracaso empresarial, un tropiezo doloroso, pero Dios no nos dejará derrotados. “Me sacaste del lodo cenagoso”, declaró el Rey David agradeciendo a Dios porque afirmó sus pies sobre un cimiento infalible: la fe.
La Biblia, palabra de Dios revelada a los hombres, nos anima a entregar nuestras preocupaciones y cargas diarias al Señor, pues Él promete sostener, apoyar y darle victorias a quien confíe en su cuidado, protección, guarda.
Está claro que las pruebas no son castigos arbitrarios sino situaciones con propósitos específicos y debemos estar preparados para enfrentarlas sin “tirar la toalla”, expresión boxística que se usa para pedir que el réfere pare la pelea por el castigo sin respuestas que está recibiendo un púgil.
Confieso que no podría escribir este texto si no hubiera enfrentado procesos difíciles con los que el Señor me entrenó para prepararme para nuevas responsabilidades y ser de bendición para otros en horas difíciles.
“Y sabemos que a los que aman al Señor todas las cosas ayudan a bien” (Romanos 8:28) Cuando dice “todas las cosas ayudan a bien”, incluye las granizadas. Saldremos mejores de los hechos sobre los que no tenemos control.
“Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó”. (Romanos 8:37)
A levantar el ánimo. “Mas que vencedores”, no implica estar libre de problemas, sino que no vencemos por nosotros mismos sino por la victoria de Cristo en la cruz. Vencemos, aquí en la tierra y en “la vida venidera”.