Publicidad
Espacio disponible
Clima
--° Asuncion
Asuncion, PY
Cotizaciones
USD -- BRL -- ARS --
en guaranies
Publicidad
Espacio disponible
Periodistas que hacen periodismo
Asuncion, Paraguay |
Artes y Espectáculo

LA MÚSICA QUE NACIÓ DE UN LUNAR, EL ETERNO PRESENTE DE JOSEFINA

Josefina, junto a la máquina de coser que le obsequiara Victoriano Gallardo, su eterno enamorado (foto de EMC).
Hay canciones que se instalan en el alma de un pueblo hasta volverse paisaje, pero que nacieron, en realidad, de la chispa sagrada de un instante terrenal. En la vasta geografía de la música paraguaya, la polca “Josefina” es un himno al amor inalcanzable.
Sin embargo, detrás de aquellos versos que juraban amor eterno al «conocer su imagen», existió una mujer de carne y hueso: una joven trigueña, menuda, dueña de una sonrisa seductora y un lunar en la mejilla derecha que trastocó el destino de un hombre.
Hoy, el murmullo de las redes sociales calla sobre ella y el vértigo del presente parece haber olvidado dónde anida la melodía.
Pero la memoria no se rinde. Para refrescar el recuerdo de nuestros lectores, volvemos la mirada hacia el barrio asunceno de Kaagüy Rory. Allí, entre el silencio apacible de sus calles y la cotidianidad de su despensa, vive Josefina Ortega Núñez, la musa inmarcesible que inspiró una de las obras más interpretadas de los últimos sesenta años.
La historia de esta página musical es tan novelesca como el mismo romance que la engendró.
Todo comenzó una tarde cualquiera en la esquina de Mariscal Estigarribia y Estados Unidos. Josefina compartía risas con sus amigas cuando apareció Victoriano Gallardo Soto, un joven empleado asunceno que cayó rendido ante su gracia.
El galanteo, propio de un Paraguay que ya se fue, incluyó una caja de bombones y palabras dulces que se grabaron en la memoria de la mujer. Aquello ocurrió un jueves; para el sábado siguiente, el aire ya se había vestido de gala con una serenata frente a su ventana.
Aunque el corazón de Josefina no latía con el mismo ímpetu que el de su pretendiente, las charlas continuaron. El destino final de la obra se selló en un antiguo bar propiedad del señor Elizeche, situado a la vuelta de la casa de ella, frente al Touring Club.
En una de esas mesas, los jóvenes conversaban sobre el inminente viaje de Josefina a Corrientes para estudiar medicina, mientras Victoriano se dolía por la distancia que se avecinaba.

Victoriano Gallardo y una dedicatoria a Josefina (foto proveída por Josefina Ortega y retocada con IA).

Fue entonces cuando la providencia literaria hizo su entrada. Pedro J. Carlés y don Aniceto Sánchez Goiburú cruzaron la puerta del bar, dispuestos a compartir una cerveza. Al reparar en la belleza de Josefina, Sánchez Goiburú elogió a la joven en guaraní. Aquella irrupción unió los caminos: Victoriano, al saber que se encontraba ante un poeta, extrajo una carta que llevaba consigo y le suplicó a Sánchez que transformara sus sentimientos en poesía, «como para que ella no lo olvidara».

Días después, los versos estaban listos. El ruego epistolar de Victoriano se había convertido en un poema lírico y respetuoso.

El siguiente paso fue llamar a la puerta del maestro Mauricio Cardozo Ocampo, quien con su genialidad habitual tejió la partitura musical en apenas cuatro días y sugirió la voz de Aníbal Lovera para inmortalizarla.

En menos de diez días, la polca «Josefina» ya trepaba por las antenas de todas las radios del país. La propia musa la escuchó por primera vez, lejos de su hogar, en una villa de paraguayos en Buenos Aires, guardando un cómplice y modesto silencio ante sus compañeras de estudio.

El idilio, como confiesa la propia Josefina con la madurez que dan los años, no prosperó en el terreno del matrimonio.

«Yo era muy joven, no valoraba esos galanteos», rememora con nostalgia, custodiando aún hoy una máquina de coser que Victoriano le obsequió en aquellos tiempos de cortejo. El tiempo siguió su curso inevitable: Victoriano formó otro hogar y partió de este mundo; Josefina unió su vida a la de un conocido empresario hoy fallecido.

Hoy, la fisonomía de Asunción ha cambiado, los bares antiguos se han transformado en hoteles modernos y los diarios de la época, como El País, La Tarde o Ñande, duermen en los archivos.

Sin embargo, en Kaagüy Rory, el tiempo se detiene cuando suena la polca. Josefina Ortega Núñez sigue siendo el testimonio vivo de que el arte verdadero nace de la pureza de un instante, y que el respeto y la admiración hacia una mujer pueden transformarse en una melodía inmortal que el Paraguay entero seguirá cantando por siempre

Efraín Martínez Cuevas
Escritor y periodista
Escritor y periodista. Autor de «Carlos Alfaro, el devoto de la literatura francesa» (El Foro, Asunción, 2025).