La carrera cuadrera en los pueblos paraguayos, parte del alma de la raza.
El galope en América del Sur es un eco antiguo. Retumba desde aquellos días en que don Pedro de Mendoza desembarcó los primeros sementales en el Río de la Plata, un legado genético que poco después Alvar Núñez Cabeza de Vaca consolidaría al adentrarse en los desterrados e indómitos paisajes del Paraguay.
Desde entonces, el caballo dejó de ser una simple herramienta de carga para convertirse en la mitad exacta de la identidad del hombre de campo. En la tierra guaraní, esa fusión engendró un ritual que sobrevive intacto al paso de los siglos y que florece con vigor cada fin de semana: las carreras de caballos.
Para comprender el Paraguay profundo es imperativo entender la “cancha”. No es un estadio ni un hipódromo con ínfulas aristocráticas; es un callejón de tierra batida donde los sábados, domingos e incluso algunos días entre semana, los varones se congregan en un cabildo rústico dominado por el olor a pasto, el aroma del asado y la adrenalina del azar.
Aquí el asfalto cede su lugar al polvo, y las jerarquías urbanas se disuelven ante la velocidad de un flete.
Mientras el pomposo mundo del turf internacional organiza concursos hípicos para probar la ligereza de ejemplares de raza especial, educados con rigor científico, el campo paraguayo prefiere la inmediatez de la cuadrera.
El término, acuñado en la vecindad rioplatense, proviene de la antigua medida de la cuadra, la cuadragésima parte de una legua, equivalente a ciento cincuenta varas.
Las cuadreras se resuelven a pura fibra en distancias cortas, por lo general a menos de trescientas varas. Son líneas rectas donde no hay tiempo para la estrategia, solo para la explosión del animal en una tirada que va mucho más rápido que el galope convencional.
En este universo convive la solemnidad con el desenfado de la “carrera pe” o “carrera karapé”. Nacidas tradicionalmente al concluir los programas religiosos de los pueblos, estas corridas carecen del protocolo de los hipódromos.
En la carrera pe compiten los propios dueños de los animales, caballos criollos sin preparación profesional ni dietas estrictas, pero con un orgullo indomable. Es tal su arraigo que el músico Papi Orrego le compuso una polca homónima, cuyo ritmo parece imitar el golpeteo frenético de los cascos sobre la tierra.
Ya en diciembre de 1967, el cronista Arturo Nagy recordaba en la revista ABC Color la sorpresa del viajero Michael Mulhall al toparse con este fenómeno. Mulhall, ajeno a las costumbres locales, no lograba comprender cómo solo dos caballos corrían a la vez, rígidamente separados por una estaca a lo largo de una pista de poco más de doscientos metros.
Al cronista extranjero le llamaba la atención que los caballos no parecieran “gran cosa”, pero le fascinaba aún más la pasión de los espectadores del campo, quienes cruzaban apuestas ruidosas y apasionadas por su favorito.
Y es que la cuadrera paraguaya arrastra su cuota de sangre y peligro. El ambiente es recio, heredero de una época donde la hombría se medía a caballo.
Lejos quedaron castigos militares extintos como la carrera de baquetas, donde el reo corría con la espalda desnuda entre dos filas de soldados que lo azotaban; hoy el único veredicto lo da la línea de sentencia.
Sin embargo, el peligro de la discordia siempre sobrevuela las canchas. Como bien narraba Ricardo Güiraldes en Don Segundo Sombra, el barullo es parte del paisaje: “Llegué a escaparme de noche e ir un domingo a las carreras donde hubo barullo y sonaron algunos tiros sin mayor consecuencia”. En la cancha paraguaya, un fallo dudoso del juez o una apuesta mal cobrada pueden encender los ánimos en un santiamén, recordándonos que el caballo despierta pasiones que rozan el absoluto.
Se necesita un pulso de hierro y una honestidad a toda prueba para arbitrar estos encuentros. Curiosamente, esa necesidad de neutralidad en contextos salvajes no es exclusiva de nuestras latitudes.

En Argentina también el mano a mano, con buena apuesta de por medio, agita las almas masculinas.
En los Estados Unidos del siglo XIX, un joven y espigado Abraham Lincoln, cuya popularidad y aptitudes no tenían límites, se convirtió en el mejor juez de carreras de caballos en New Salem.
Tuvo que lidiar y poner orden a “una salvaje, belicosa y alborotadora pandilla de bribones llamados Los Muchachos del Bosquecillo de Clary”, según relata Dale Carnegie.
Si Lincoln hubiese nacido en el departamento de Paraguarí o en San Pedro, sin duda habría sido el “comisario de carrera” ideal, respetado por su palabra y su implacable ojo para decretar al ganador por el hocico de ventaja.
Al caer la tarde, cuando las apuestas se liquidan y los ánimos se calman con una caña o un tereré, la cancha queda vacía, dominada por el silencio. Queda en el aire el espíritu de aquel “potro salvaje” del cuento de Horacio Quiroga, ese animal que solo gustaba correr por el placer puro de la libertad y el viento en la cara.
La carrera de caballos en el Paraguay es, al fin y al cabo, eso: un teatro de la condición humana, un juego criollo de sortija donde se busca atrapar la fortuna al galope, y una herencia incombustible que se resiste a desaparecer mientras haya dos jinetes, una estaca y doscientos metros de tierra por delante.